
Un detalle que me ha hecho recorrerme bastantes peluquerías y no confiar absolutamente en ninguna peluquera ha sido que me corten más de lo que me han dicho que me van a cortar, que el corte sea más exagerado de lo que me habían dicho y que se empeñen en hacerme una cosa, que como bien sabía yo, no me iba a gustar.
Después de recorrerme un montón de peluquerías de Madrid – al contrario que todas mis amigas que llevan yendo a la misma años y años y años – por fin encontré a una peluquera genial, que me entiende, que sigue al pie de la letra mis instrucciones a pesar de tener ella razón en alguna que otra ocasión pero también insistente cuando sabe que tiene que insistir. Pero el precio de haber encontrado a mi peluquera perfecta es demasiado alto: pagar entre cuatro y ocho veces más que en otras peluquerías. Pero no me importa, ella corta el pelo tan bien que merece la pena. Además, puedo estar un montón de tiempo sin volver a la peluquería ya que los buenos cortes sobreviven en buen estado mucho más tiempo que los malos. La única pega es que no cogen hora y un día que me pillaron despistada y que María Jesús no estaba me convencieron para que me cortara el pelo otra… qué desastre… Primera y última vez, claro. Si voy y no está Maria Jesús disponible, mejor volverme a casa sin que me hayan cortado.
Pero aún habiéndola encontrado me cuesta mucho pasar por allí. Desde que tomo la decisión de que tengo que volver a cortarme el pelo hasta que voy otra vez a la peluquería acaba pasando demasiado tiempo. Sólo de imaginarme a todas esas mujeres metidas en sus secadores, cotilleando y manoseando esas revistillas me da una pereza horrorosa. Y de repente un día mi pelo me dice: “¡¡¡Ya no puedo más!!! ¡Plántate de una vez allí porque necesito una renovación completa!”. Y yo obedezco. Vaaaaaleeeeeeee, esta semana voy sin faltaaaaaaaaaaaaaaaaaa.
































