9.10.07

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La muerte me vino a ver. Yo la miré a los ojos y no la reconocí. Pensé que simplemente sobrevivía y en realidad me moría. Ahora que soy consciente me asusto. Por lo que podía haber pasado y, afortunadamente para mí, desafortunadamente para mis enemigos, si los tuviera o tuviese - algo que desconozco - no pasó.

La recuperación todavía dura. Alguna molestia aquí. Alguna cosita por allí. Pero ya he visto la luz al final del túnel y de hecho no hago más que soñar con ese momento en que mi vida esté otra vez llena de arcoiris y de color. Los recuerdos del hospital ya incluso me provocan sonrisas y risas.

A la primera enfermera que me dijo que me levantara quise eliminarla. ¿Cómo iba a levantarme si me moría del dolor? No me dejó regodearme y me obligó, a pesar de mi furibunda mirada, a poner un pie en el suelo, luego el otro, y como una ancianita a punto de cascar, a andar cuatro pasos hasta el horrible sillón de cuero rojo.

Al día siguiente me querían quitar la sonda.

“¿La sonda? ¿Cómo que me van a quitar la sonda? Si me quitan la sonda me tendré que levantar para ir a hacer pis y sufrir tanto como esta mañana. Creo que la sonda y yo podemos seguir juntas.”

Al día siguiente vino lo peor. Querían que me duchara yo misma. Que me sostuviera con mis propias piernas y pies durante cinco minutos y sin ningún tipo de ayuda en una mini-bañera llena de dolor. Sólo de pensarlo me entraban ganas de llorar sin parar, de gritar y pedir un poco de respeto a mis derechos humanos.

Pero ellas, las enfermeras, me miraban a veces con sorna, otras con pena y otras desafiantemente cuando compungida y abrumada les preguntaba cuándo iba a empezar a ser persona, cuándo se terminaría aquél calvario.

Para ellas yo era el pan de cada día. Una paciente tras otra, tras otra y tras otra preguntando siempre lo mismo, pensando que su dolor es único, que nadie las comprende, que la humanidad no les había avisado de tan horrible consecuencias de esa operación. Hartas debían estar ya de tantas quejas todas las enfermeras y médicos cuando mi mal me sobrevino.

Pero a pesar de todo, aunque exigentes y marimandonas, siempre fueron amables y cariñosas y no pude más que dar las gracias cuando por fin me dieron el alta y yo todavía pensaba que el mes que me quedaba por delante iba a ser un infierno.

Pero poco a poco la vida me va abriendo sus brazos, me besa, me da la bienvenida, me susurra palabras de ánimo al oído. Y yo le digo que muchas gracias por dejarme quedarme aquí, que no la defraudaré, que seguiré viviéndola tan intensa y apasionadamente como siempre. Si se puede, aún más.

4 comments:

Anonymous said...

Bienvenida a tu blog y a la vida!!

y said...

Tu texto ne ha traido recuerdos tan dolorosos...espero que estés bien.

Cool Boy said...

esa eres tu?
que geniaaal,

un beeeso!

xxx

Moi said...

Graciassss, estoy bien aunque líada, muuuuuy líada.

No, no soy yo. Es la-mujer-de-la-diadema-turbante.