31.7.07

Esas conversaciones innecesarias

Cuando te encuentras con alguien que hace tiempo que no has visto y con el que nunca llegaste a tener una relación lo suficientemente “relación” como para que dé igual el tiempo que pase que puedes seguir teniendo una conversación normal, de persona a persona, y además te encuentras de frente, sin previo aviso, sin haberte dado cuenta, y ya es imposible hacerse el loco, la loca o lo que toque, llega una de esas conversaciones innecesarias e incómodas.

Los primeros tres minutos son fáciles: qué tal tu gente que yo conocía, qué tal mi gente que tú conocías. Tras las explicaciones oportunas en las que básicamente se habla de novios, maridos, hijos o trabajos exóticos (sólo se habló de trabajos si eran exóticos aunque a mi me hubieran interesado más los trabajos que los hijos ahora que lo pienso, no porque no dé importancia a los hijos, que se la doy, sino porque a los hijos no los conozco, me puede alegrar que la gente tenga hijos, así en abstracto, pero me resulta más interesante saber a qué se dedicó finalmente esa persona que veías que se podía comer el mundo, o esa otra más calladita sobre la que nunca llegaste ni siquiera a concluir si era inteligente o no), llega el famoso silencio incómodo que más que un silencio es un grito de la vida que te dice que el tiempo pasa, inexorable, que ya no eres la misma, que ya no es ella la misma, que las conversaciones tontas y el saber todo el mundo lo que hace todo el mundo se quedó encerrado en esa clase del colegio.

Me alegra encontrarme con gente que fue parte importante de mi vida durante tanto tiempo pero ahora que lo veo desde aquí me extraña ver cómo las circunstancias y la vida logran tanta división en lo que en su día era una unidad.

26.7.07

El tiempo es relativo


H&M es una excepción en el tiempo. Por esa tienda no pasa el tiempo, aunque fuera el segundero sí siga su camino. Tú entras, miles de percheros se muestran ante ti, sabes que tienes que bucear, rastrear, encontrar, que una ojeada rápida no vale para nada, que cualquier prenda te puede sentar fenomenal o ser un envío del diablo, que nada se puede asegurar sin haber analizado antes concienzudamente el objeto en cuestión. El concepto no tiene nada que ver con Zara, donde ni siquiera tienes que ir a los probadores. Viendo la prenda en la percha, en la barra, sabes con muy poco margen de error si te quedará bien o si es un horror. En H&M los sentimientos hay que agudizarlos, hay que mirar detenidamente cada perchero, en muchas ocasiones sacar la prenda, examinarla, tocarla, mirarla por detrás, por delante, intentar imaginarla, llevársela al probador junto con otros miles de artículos con los que te ha pasado lo mismo, aguantar con una sonrisa la maléfica cara de la mujer-guarda-probadores que no te deja meter más de siete artículos en el probador y convencerla de que su día va a ser infinitamente mejor si te guarda todas aquellas prendas que pasen de las siete (que si nos hemos visto toda la tienda serán por lo menos otras siete) para que no tengas que dejar por ahí tirados todos tus hallazgos. Y entonces empieza el difícil camino de la selección. La mitad de las cosas son claramente un atentado contra tu dignidad, un par de ellas son un hallazgo genial y ya sabes que cada vez que te las pongas la sonrisa invadirá inmediatamente tu cara, y el resto… del resto una no sabe nunca qué pensar. Unas están bien, otras son parecidas, te llevarías todas si tuvieras dinero y armario de sobra, pero sabes que no debes. Intentas encontrar argumentos para elegir unas y descartar las otras pero siempre hay un pero, por lo menos un pero, a veces incluso dos. Al final, con la cabeza hecha un lío logras deshacerte de dos de ellas con el argumento de “esto me lo voy a poner dos veces” y sales del probador con muchas más cosas de las que sabes que debes llevarte. Le agradeces a la mujer-guarda-probadores su amabilidad y te pones en la cola de la caja dispuesta a hacer una criba perfecta antes de que llegue tu turno. En ese momento te das cuenta de que se te ha olvidado mirar la ropa interior. Hay veces que encuentras cosas maravillosas a precios muy buenos, dudas si abandonar la cola o no, intentas mirar de refilón, es imposible distinguir nada, tu mente se acuerda de la excesiva cantidad de ropa que se acumula en tus brazos, tus ojos lo comprueban, desistes de tu idea, coges una por una las prendas que no sabes qué hacer con ellas, las remiras, imaginas las posibles e infinitas combinaciones con el resto de tu armario, dejas lo que menos utilidad crees que te va a dar, en el último momento decides quedarte con una cosa más de las que habías planeado, cuando la dependienta te dice el total sientes que te falta el aire, pagas, intentas apaciguar tu sentimiento de culpa pensando en lo mucho que te has sacrificado dejando todo lo que has dejado, te dan las bolsas, miras la hora, te acuerdas del idiota del alcalde y los putos parquímetros, vas corriendo a por el coche rezando para que no te hayan puesto una multa, suspiras con alivio cuando ves que por lo menos tus compras no tendrán más consecuencias pecuniarias.

Dos meses más tarde te vas a vestir y te acuerdas de esa falda que abandonaste en la caja en H&M una tarde cualquiera de febrero y te regañas a ti misma por no habértela comprado. Es la falda perfecta para ESTE día y la abandonaste sin más.

24.7.07

Una boda resumida


"Boda en el altar mayor de la Catedral de León con celebración mega pija en el Parador. La menda se empieza a probar modelitos el viernes a las ocho de la tarde y se da cuenta que los malos días de las últimas semanas le han pasado factura traducido en pérdida de kilos y que, literalmente, el vestido que me iba a poner se me cae (era un palabra de honor). Pruebo con otros y ni un tirante se mantiene en pie. Opto por un vestido que me llevo sin mirar y salgo pitando a comprarme unos zapatos a las nueve y media de la noche al El Corte Inglés. A la mañana siguiente me doy cuenta que el vestido tiene manchas hasta en el último de sus pliegues y llamo a la cuñada de tu amigo Mickey que es santa y me lleva un modelito que ni había estrenado (de los que a mí me gustan, que le había costado cuarenta euros en la rebajas de una tienda la mar de “chiacha”). O sea que no veo mi atuendo hasta las dieciocho horas en León y no me lo pruebo hasta las diecinueve. Pero oye, que iba yo muy mona, y los zapatos coincidió que me pegaban, así que pude ejercer de testigo con dignidad. Ya te enseñaré fotos, sobre todo cuando me puse la chupilla vaquera encima porque estábamos a diez grados y la cena fue fuera…"

23.7.07

El Jueves

No puedo entender cómo los fiscales, los jueces, los partidos políticos, piensan que secuestrar “El jueves” es una medida óptima teniendo en cuenta la portada que nos ofrecía esta semana. Entiendo que es humor de mal gusto pero todavía creo en la libertad de expresión. Obviamente no en la que hay en España, teniendo en cuenta lo que ha pasado. El dibujo retrata al Príncipe y a su mujer como si fueran actores del kamasutra. ¿Y qué? Es sólo una broma, un chiste malo. Porque supongo que el secuestro no se deberá a las palabras de nuestro príncipe: “¿Te das cuenta? Si te quedas preñada… ¡Eso va a ser lo más parecido a trabajar que he hecho en mi vida!” ya que CREO que todavía se nos permite a los españoles no monárquicos pensar que El Príncipe vive de su cara bonita y que lo que hace no es trabajar y, sobre todo, que no le necesitamos, ni a él ni a su padre, para representarnos a lo largo y ancho del mundo, en todo momento, que preferiríamos vivir con un solo Jefe de Estado que se lo currase de verdad al que no le tuviéramos que financiar las súpervacaciones en Mallorca y las cacerías trucadas en Rumanía.

El Mundo ayer estaba haciendo una encuesta a los internautas sobre el secuestro y su opinión al respecto. Si no recuerdo mal los ciudadanos que no estaban de acuerdo con la medida rondaban el 80%. Ya no lo podemos mirar porque la encuesta ha desaparecido del diario on-line. O a lo mejor es que yo soy muy paquete y no la encuentro.

Lo que ya me parece sangrante es que
el juez haya cerrado cautelarmente la página web de la revista. ¿No hubiera sido suficiente con no dejar reproducir la portada? ¿Qué es lo que temen el fiscal y el juez?

Por una vez, tengo mucha curiosidad por saber lo que piensa la Familia Real.

20.7.07

Un hada


Tengo una amiga muy mona que es medio hada. Tiene el pelo rubio, rubio, muy rubio y con unos rizos muy bonitos, unos ojos azules llenos de bondad y una personalidad acorde con tanta dulzura y delicia. Su vida últimamente es mucho menos feliz de lo que a ella le gustaría y sin buscarlo se ha encontrado inmersa en una situación horrible de la que le gustaría no ser protagonista. Estoy segura de que al principio se pensó que estaba teniendo una pesadilla de la que acabaría despertando. Tristemente, a veces esto no ocurre y no le quedó más remedio que ir haciéndose a la idea. Puede parecer una persona frágil por el físico que tiene pero ella es todo lo contrario. Sorprende su capacidad de superación y de asimilación de todas las cosas feas que el destino se empeña en mandarle. No puedo hacer otra cosa sino admirar la estoicidad con la que está llevando todo. La deseo que todo pase cuanto antes y que pueda volver a ser feliz lo más pronto posible. Ella se lo merece.

Para contribuir de alguna manera a tan noble causa voy a regalarle un amuleto de esos anti-mal de ojo. A mí me regalaron uno esta semana y, aunque en general no soy supersticiosa, un fantasmilla parece que por fin se va alejando de mi lado. Sea por eso, sea casualidad, sea por el positivismo que a una le puede embargar cuando le dan la posibilidad, por muy chorra y pequeña que sea, de que las cosas vayan por el buen camino, yo el mío no me lo pienso quitar. Y confío y espero que a mi amiga la medio hada también le ayude un poquito y aparte de su lado por lo menos un par de problemas.

(Aclaración dirigida a SJ: Los que me regalaste tú los tenía encima de la cómoda, tan monos ellos que son, y pensaba yo, ilusa de mí, que con tenerlos ahí era suficiente. A raíz de este nuevo ojito, me han sacado de mi error y me han explicado que en la cómoda no hacen nada, que los tienes que llevar puestos. Como con ponerme uno era suficiente, los tuyos los he dejado donde estaban, que quedan muy monos - ¿ha quedado claro que son muy monos?, y el nuevo es el que me colgado)

16.7.07

Blanco o Negro


El blanco sin el negro no es blanco. Y el negro sin el blanco no es negro. Y, por supuesto, el gris sin el blanco y sin el negro no existe. Necesita de los dos para existir. Aunque en el fondo el gris siempre se podrá reducir a blanco y negro. Cualquier gris tiene X micromínimaspartículas de blanco e Y micromínaspartículas de negro. Si lo miras profunda y concienzudamente, el gris no existe. Es sólo un engaño de lo físico a nuestro cerebro y a nuestra vista. Tontos ellos, que se dejan engañar.

Las bicicletas son para el verano. Y la vida es para vivirla. No para tirarla, desperdiciarla o machacarla, sino para vivirla. Para ver un árbol verde, amarillo y marrón, tirarnos en un campo florido de amapolas, margaritas o incluso cardos borriqueros – evitando éstos por supuesto -, bailar, saltar, reír, disfrutar, hablar, comunicarnos y ser personas medianamente decentes. Y si por alguna casualidad dejáramos de querer ser parte de la sociedad buena, si por algún motivo u otro, quisiéramos tirar más al negro que al blanco, tener más minipuntitos negros que micromanchitas blancas, no seamos tan cínicos, tan imbéciles, no queramos hacer tanto el ridículo como para encima pretender que los demás que están más cerca del blanco que del negro nos miren con satisfacción, nos contemplen con alegría, nos traten con empatía. No, no vale. No vale ser un hijo de puta, un cabrón, un cerdo o un simple imbécil y luego mirar satisfecho a tu alrededor reclamando una palmadita en la espalda. Conténtate con que sólo te den una patada en los cojones. Y encima no rechistes.

El callo

Me ha salido un callo. Y me alegro de que me haya salido. Porque si no tuviera ese callo, me dolería andar con zapatos. Y en la vida no te queda más remedio que andar con zapatos, a veces incluso por dentro de casa – odio esos días en los que la arena de la calle logra colarse en casa para pegarse en las plantas de los pies desnudos -. En realidad yo sería mucho más feliz si ningún zapato me molestase, si todos fueran suaves y perfectos como la brisa marina y ponérmelos no me crease ningún trauma. Pero… eso es imposible. La vida de mis pies no es tan fácil. Hasta el más insospechado de los zapatos te puede hacer daño cuando menos te lo esperas, cuando más confías en él para que continúe su buena trayectoria en ese día que necesitas andar un rato largo.

Pero el zapato no vencerá. Mi callo resiste frente a las adversidades cual tronco de bambú, flexible pero imbatible por muy huracanado que se levante el viento, por mucho que llueve, truene o granice. Podrá quedarse sin hojas el tronco, pero éstas siempre vuelven a florecer.

12.7.07

Dientes


Thanks to Anónimo del post de ayer, me acuerdo de las dos veces que me han puesto fundas en las muelas de los dientes. Es un momento bastante patético cuando la dentista coge la paleta de colores y lo acerca a tus dientes para poder elegir aquél que se fundirá en perfecta armonía con tu boca. Y hacen como esas dependientas pelotas de las tiendas buenas que te preguntan si eres dos tallas más pequeñas de la que de verdad eres – cuando además sabes perfectamente que ellas saben perfectamente la talla que tienes porque por algo trabajan en lo que trabajan -. Empiezan por el blanco nuclear a comparar tono con tono y van yéndose hacia el amarillo sifilítico hasta que al final acaban en un punto intermedio que NO es el color de dientes que crees tener, ni mucho menos, el que quisieras tener. Los dentistas están poco avispados porque ÉSE es el momento en el que deberían ofrecerte el tratamiento de blanqueamiento dental más maravilloso, duradero, perfecto y caro del mundo entero.



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Sin duda la mejor historia de dientes que me sé es la de un hombre hecho y derecho al que le dolían las muelas todos los días a las nueve de la noche. Tan puntual era el dolor que él se preparaba en la mesa del comedor a las ocho cincuenta y cinco y colocaba encima de ésta varios tipos de analgésicos y anti-inflamatorios, además de un vaso de agua. Sentado y con todo preparado miraba el reloj hasta que daban las nueve en punto y como un poseso tenía que empezar a engullir medicamentos para no acabar tirándose por la ventana del dolor. El hombre en cuestión fue a varios especialistas que le miraban sorprendidos cuando les contaba la historia. Pero de todas las consultas se iba sin diagnóstico y, por tanto, sin solución. Hasta que al final uno de ellos, sin mediar palabra, le dio una receta. Al salir de la consulta el hombre miró lo que el médico había escrito en el papelito que pondría fin a sus males y vio que era un tranquilizante. Pensó que él no necesitaba ningún tranquilizante, arrugó el papel y lo tiró a la basura. Por supuesto nunca más volvieron a dolerle las muelas a las nueve de la noche.

Siempre que me acuerdo de esta historia pienso que es tan irreal que forzosamente he tenido que soñarla, que es imposible que esto le pueda ocurrir a alguien.

11.7.07

El ratoncito Pérez


Se mira en el espejo. Se baja el labio inferior con el dedo índice de la mano derecha. Confirma lo que se temía, la encía está cada vez peor. Está estropeada, medio muerta, no parece que el riego sanguíneo llegue a ella. El diente se mueve ligeramente. Sabe que es cuestión de tiempo, que no hay nada que hacer, que debería haber hecho caso al dentista cuando le dijo que tenía que volver a ponerse aparato porque un diente arrebatador podría acabar matando al de al lado. Ahora se acuerda de esa conversación, de esa dentista joven con cara de acelga que la trataba como a un objeto. Y de su rotunda negación a, otra vez, llevar aparato. “Ya se arreglará. Tendré más cuidado. Me lavaré más los dientes. Usaré la seda dental todos los días, como me dicen siempre” pensó. Pero no contó con su dejadez, con que no se iba a lavar más los dientes, con que no usaría la seda dental todos los días. Y la encía siguió muriéndose sin ella darse cuenta, el recuerdo de la dentista bloqueado, para poder disfrutar. Pero ahora ya no podía seguir apartándolo de su mente. Su diente había gritado pidiendo ayuda. Ahí está, móvil, moribundo, reclamando acciones inmediatas, deseando que se pudiera retroceder en el tiempo. La encía, rosada la parte viva, más blanca la parte muerta que ya ni siente, no va a cambiar su aspecto por arte de magia, por mucho que la mire y por mucho que lo desee. Tendrá que ir al dentista. Sabe lo que le van a decir. Tendrán que hacerle un puente. Le acabarán de matar el diente. Le recortarán la carne muerta. Una eutanasia. Sólo de pensarlo se muere del asco, de la angustia. Ella no quiere un puente. Quiere su diente, su encía, viva, llena de vida otra vez. ¿Por qué no haría caso a la dentista? Eso ya no tenía remedio. ¿Qué podía hacer? ¿Había algo que pudiera hacer? No, no había ninguna carta escondida, ninguna sorpresa agradable del destino. Es irremediable. No le queda otra opción que asumirlo. ¿Qué más da? Al fin y al cabo sólo es un diente, una encía. No se va a morir. Puede permitirse pagarse un punte aparente, realista. Seguirá masticando como hasta ahora, sonriendo, hablando. No tendrá un agujero en vez de diente. Y el diente falso, aunque más falso que Judas, hará su trabajo incluso mejor que el verdadero. No tendrá caries. No se estropeará. No perderá el esmalte. ¿Qué más dará? Se quedará sin un diente verdadero. ¿Y qué? No va a tener repercusiones en su vida salvo una ligera disminución de la cuenta corriente.

Se da la vuelta, piensa en lo que tiene que hacer ese día, en su novio, que sigue durmiendo en la cama, en lo bien que están. Sonríe.

10.7.07

Esos zapatos


Una elefantita va tan feliz por la selva, dando saltitos y brinquitos sobre sus zapatos rojos de charol. Esos que sólo se pone cuando se siente muy, muy guapa porque tienen tacón y además son incómodos - ¿qué oscura razón perversa lleva a las elefantitas a ponerse zapatos incómodos aún a sabiendas de que van a tener que darse un pequeño paseo por la jungla? -. Y tan tranquila estaba la elefantita cuando un hipopótamo le dijo: “Pero Elefantita, ¿cómo se te ocurre ir con tacones? No es bueno para tus grandes proporciones”. Elefantita respiró profundo y se contuvo. Intentó forzar una sonrisa como respuesta para no resultar desagradable y se abstuvo de responder lo que de verdad le hubiera gustado responder: “¿Y tú qué tienes que opinar con esos dientes tan feos y ese moco perpetuo colgándote de la nariz?”. Al rato, un hadita le preguntó: “¿Pero no vas incómoda con esos tacones? ¿Vas bien?. Y Elefantita, como le habían preguntado en plan bien, y además el hadita era amiga suya, respondió en plan bien: “Pues sí. Es que me apetecía ponerme los tacones. Y además, estos eran los zapatos que me pegaban. Los del estampado de leopardo no pegaban mucho con mi sombrero de plumas de hoy”. Y no mucho más tarde se cruzó con una jirafa coja y con el cuello torcido de tanto buscar comida por las alturas que le dijo: “¿Por qué te has puesto esos tacones?”. Ella le hubiera respondido: “Porque me dio la gana. ¿Por qué eres tú tan fea?”, pero se contuvo. Sólo se le ocurrió: “Pues ya ves”, respuesta que no debió satisfacer mucho a la jirafa porque siguió mirando a Elefantita inescrutablemente, como queriendo saber de verdad por qué se había puesto esos preciosos zapatos de charol rojo y tacón alto. La interrogada paquiderma decidió ignorar la mirada de la jirafa fea y darse la vuelta, aún sabiendo que ese gesto iba a ser criticado como bordería pero sabía que nunca en esa selva iban a entender que a la gente con la que no tienes confianza no se le debe preguntar por su vida, y menos de manera tan directa y juzgadora de su condición física, en su caso la elefantil.

9.7.07

La vida de cada uno


Nacer, crecer, reproducirnos, morir. En los normales y corrientes mortales, esto es lo único importante. ¿Qué más dará, dentro de cincuenta años, que lo hayamos pasado bien, mal, que hayamos follado bien, que fuéramos unos infelices, que ganáramos más o menos, que tuviéramos un BMW o un Twingo? Todo habrá dado igual. Lo único que quedará aquí será nuestra descendencia. Ellos serán más felices o menos, sobre todo, dependiendo de lo bien - o mal - que lo hayamos hecho. Nada más. Nuestra responsabilidad en esta vida es entonces ser capaz de transmitir felicidad a través de las generaciones. No es tontería si tenemos en cuenta que la felicidad general hace que este mundo sea mejor. Es como el anuncio ese de la radio cuya moraleja es que si estás bien follado, todo lo demás da igual. Si eres feliz trabajas mejor, rindes mejor, te relaciones mejor con el resto de la sociedad, eres incluso mejor persona. Pero la felicidad no se enseña, como todo lo demás que queremos que nuestros hijos aprendan, se ejemplifica. Hay que ser para enseñar ser. Así que el hecho de que seamos felices en esta vida sí tiene trascendencia. Pero ¿cuándo es uno feliz? ¿Cuando tiene amor, amigos, familia y un mínimo económico para subsistir por encima de lo que el mundo ha decidido que es “el umbral de la pobreza”? Porque no hace falta sentirse realizado en el trabajo, ¿no? Eso puntúa pero no cambia las cosas. O a lo mejor para algunos sí. Es posible que haya alguien a quien lo que le dé la felicidad sea sólo el trabajo. O puede que es que a esa persona no le hayan enseñado a ser feliz y sienta la necesidad compulsiva de trabajar sin parar y no sea capaz de disfrutar del tiempo libre. O puede que para nosotros, los cerrados de mente que consideramos el amor, la familia y los amigos imprescindibles, seamos incapaces de ver más allá y darnos cuenta de lo maravillosamente genial que puede ser vivir por y para el trabajo. Seguro que a más de un jefe le haría muy feliz que sólo fuéramos felices con el trabajo. Como en “Un mundo feliz”, que los de más baja clase sólo se encuentran bien haciendo su trabajo de simple obrerito. A ver quién le explica a algún que a otro jefe que en este mundo en el que vivimos lo de vivir plenamente es imprescindible para rendir bien y ser un buen ente productivo en esta sociedad. Y que lo entendiesen ya sería un milagro.

6.7.07

Lleno


La acumulación es posible. No es tan difícil. Basta con fijarse un poquito, estar atenta. Mi bote de bolis de la oficina siempre había sido un agujero negro. No había boli o lápiz que durara más de setenta y dos horas en mi poder. Todos los días tenía que visitar el armario de material a por algún elemento para escribir. Pero hace un mes algo ocurrió en mi cerebro que me hizo cambiar. Siempre había sido consciente de que no era normal tal derroche de material de oficina pero nunca me había molestado y mucho menos se me había ocurrido plantearme por qué ocurría. Siempre había pensado que igual que hay gente que es simpática, hay gente que pierde bolis. El día que me propuse controlar el mundo bic-parker-pilot-eding-stadler no recuerdo por qué fue. Sólo recuerdo que a partir de ese día he estado pendiente de cada boli o similar propiedad mía. Así, empecé a darme cuenta de que no es que los útiles desaparecieran por arte de magia, sino que yo iba dejándolos por todos lados. Algunos se perdían en las inmensidades de las mesas de mis compañeros y otros se quedaban llorando en el baño o en la cocina esperando a ser rescatados. Desde entonces tengo el bote de los lápices lleno a rebosar. Ya no me falta ni portaminas ni lápiz ni rotulador ni pilot ni boli ni nada. Incluso ya se mantiene lleno sin necesidad de pasar por el armario del material. Debo haberme convertido sin meditarlo ni planearlo en una cleptómana inconsciente de objetos para escribir. Tan lleno está el botecito que cada día me sorprendo porque incluso me cuesta colocarlos ahí dentro sin que se caigan fuera. Tan ensimismada y tan fascinada me tiene el hecho de que un poquito de atención pueda cambiar tantas cosas que me he empezado a plantear comenzar a hacer lo mismo con otras cosas. Para empezar, con el dinero. Podría empezar a controlar cada céntimo que gano, que llega a mis manos. Todo el dinero contabilizado, escudriñado y guardado para conseguir que mi botecito de dinero (es decir, mi cuenta corriente) rebose descaradamente. Si sigo el mismo método que con los bolis (y suponiendo que funcione éste igual de bien con el dinero) probablemente en un par de años seré una de las mayores fortunas de España. El único problema es que tendré que dejar de comprarme ropa. ¿Es esto posible? Tengo una amiga que como ejercicio de voluntad estuvo seis meses sin comprar nada. Supongo que a ella le vino bien pero yo siempre pensé que se había vuelto loca. ¿Para qué privarte de algo si no tienes por qué hacerlo? La verdad, no soy capaz de imaginarme la vida sin gastar. ¿Significa esto que soy una consumista incontrolada que por culpa de sus necesidades que no necesita nunca será capaz de levantar un imperio tipo Ruiz-Mateos, Botín u Ortega? ¿Estaré condenada a ser masa por mi incapacidad de ahorrar?

27.6.07

Uuuu

One, two, three… Je ne peux plus. Es posible que muera. De cansancio, de demasiado trabajo, de estrés, de tanto quejarme esta semana. Odio las semanas horribles en las que la vida de uno parece que va acompañada de los terribles telediarios aunque mucho peor sería ser el periodista británico con el cinturón de explosivos, uno de los soldados del Líbano o la niña de cuatro años abandonada momentáneamente por su madre que cae al vacío. Mi mente no funciona igual de bien así y ahora. Sí, va más rápido. Pero cuando voy tan rápido por eso de ahorrar tiempo siempre me da miedo estar equivocándome. Pero el tiempo manda así que no hay revisiones. Resultado: acabo concentrándome más para no equivocarme con el consiguiente cansancio-estrés añadido. Estoy deseando terminar.

En estos momentos no puedo hacer otra cosa sino preguntarme si no hubiera sido mejor participar en el concurso Supermodelo de hace diez años (sí, sí, supermodelo, no Miss España, en su versión revista Ragazza que lanzó a la fama a Verónica Blume y Eugenia Silva), liarme con algún famosote o famosillo y dedicarme a vivir del cuento.

Podría decorar mi casa megahortera en plan con muchos dorados y volutas y mucho barroco pululando por ahí y luego vender la exclusiva a Hola. Luego podría liarme con ese camarero tan atractivamente macarra que vi una vez por ahí, pasearlo, hacerle famoso a él también, casarme con un vestido de Pronovias o Rosa Clará previo pago de –supongo- una importante suma, vender la exclusiva de la boda en algún lugar extraño (¿qué tal Siberia?) y montar la gran fiesta a la que invitar a toda esa gentecilla ten curiosa y absurdamente patética que sale en la prensa rosa y en la prensa amarilla (después de esta frase viene a mi mente uno de esos cortados de helado de fresa y vainilla, con sus correspondientes tapas de barquillo). Luego me divorciaría de él y me liaría con alguien menos llamativo pero que me lo hiciese mejor, como a Jennifer Anniston su nuevo novio. También sería fabuloso montar mi propia línea de lencería, relojes, perfumes, lo que sea, pero sobre todo un negociete que también fuera solidario, un 10% para una ONG (o varias, hay tantas causas con las que podría comulgar), y ecológico, no fuera a ser que el cambio climático me lo fuese a reprochar poniendo una nube fea y negra encima de mi piscina con el borde dorado y un bar en el medio (casi, casi, casi, como si me hubiera inspirado por Dolce & Gabbana).

Podría haber sido modesta y haber cambiado Supermodelo por Gran Hermano I pero no me apetecía. Este post absurdo y ridículo queda mucho mejor así, como está, en plan rollo: “ésta ha perdido la cabeza” o “debe haber visto factor X algún día de esta semana y sigue trastocada”.

22.6.07

SúperDeivid


Mi amigo Deivid es genial. Le conocí en la biblioteca de la Facultad de Historia de la Universidad Complutense de Madrid. Mis libros de cuarto de derecho están llenos de rayajos suyos. En esa época un amigo y yo le quitábamos un zapato para que tuviera que volver de la cafetería medio descalzo. Él, muy digno, se negó a entrar en nuestro juego. Pero nos reímos mucho. De hecho, nos reíamos sin parar. Un día, volviendo de una de esas súpermolongonas noches de marcha, se le cayeron las llaves al suelo cuando las sacó para abrir la puerta de su casa. El equilibrio no le acompañó y de la que subía el cuerpo después de recoger las llaves se dio contra la barandilla de la escalera. Gran brecha aquella. Lo raro fue que no se le saliera el cerebro.

Sabe más de moda que todas las mujeres que conozco juntas y jamás se le escapará una tendencia. Por supuesto, una de las cosas que mejor hace es criticar estilismos. Yo, que soy también mucho de eso porque me divierte un montón, no puedo parar de reír cuando empieza. Una noche un loco estuvo a punto de destrozarle la cara porque se había dado cuenta de que el vestido de su novia había llamado nuestra atención. Y, obviamente, no en el buen sentido.


El novio de Deivid - muy atractivo - es igual de maravilloso que él pero, por supuesto, igual de maquiavélico y perverso cuando quiere. Sus comentarios son tan ácidos que a veces me da miedo darme la vuelta. Pero sé - o quiero creer - que a mí me quiere y que no sería capaz de ser tan malo conmigo.

Casualidades de la vida, hace poco Deivid hablaba con una nueva compañera de trabajo sobre el viaje a Florencia que iba a hacer esta semana.

Ella: "Pues si quieres llamo a una amiga genial que estará allí también y así te lleva a cenar. Se conoce Florencia muy bien."

Deivid: "¡Fenomenal! Yo por mí encantado."

Ella: "Es estilista de la revista ----"

Deivid, que tiene muy buena memoria, se acuerda de que la mujer de la diadema turbante era estilista de esa revista y le pregunta: "¿No tendrá una diadema turbante de Prada?"

Ella, ojoplática, le responde que sí, que cómo lo sabe.

Entonces él le enseña este blog y los post dedicados a su amiga.

No pueden parar de reír y ella llama a su amiga y deciden que tienen que conocerse porque es todo muy gracioso y quedan en verse en Florencia.

Me acaba de llamar Deivid que todavía sigue allí y que se lo está pasando genial con ella, que es divertidísima, que se muere de la risa con lo del blog y que el otro día fueron a Prada para celebrar haberse conocido y toda esta historia tan rocambolesca y absurda. Todos estamos de acuerdo en que tenemos que organizar una cena ya y conocernos todos. Es TAN gracioso. No paro de reírme con todo lo que me cuenta Deivid.

21.6.07

La paciencia es la madre de la ciencia

Pero el que inventó ese dicho no conoció a cierta gente con la que tengo que trabajar yo a diario. Vale, la paciencia es una virtud pero… ¿todo el mundo se merece que le traten con paciencia? ¿Se merece el prepotente que le traten con paciencia? ¿Se merece el que pasa de todo y es capaz de hacer la misma pregunta cincuenta veces que le traten con paciencia? ¿Se merece el maleducado que le traten con paciencia? ¿Se merece el que trata de encasquetarte trabajo que no es tuyo que le traten con paciencia? ¿Se merece el que hace las preguntas a la gente incorrecta que le contesten con paciencia?

No. Si acaso podemos ser buenos y magnánimos y responder con paciencia la primera vez pero ya la segunda que nos tocan las narices estamos en todo nuestro derecho de, como dice una de mis compis, mandarles a comer mierda. En dos días la mitad de la plantilla deja de hablar a la otra mitad de la plantilla y ya está, problema resuelto. Barricadas y bandos, y a ver cómo se las arregla el bando tocapelotillas. ¿Empezarían por fin a hacer las cosas por sí mismos y a pensar por sí mismos o se abrumarían a preguntas entre ellos? ¿Se ayudarían los unos a los otros o se pisarían continuamente con tal de escaquearse? ¿Acabaría uno de ellos degollado en un baño o envenenado con arsénico o aprenderían por fin el significado de hacer las cosas por uno mismo?


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Aprovecho para informar de que la cacadevaca de mi impresora-escáner está a punto de acabar en la basura por ineficacia absoluta cuando se la necesita.

20.6.07

No si no es por mi camino

Teniendo en cuenta la relación de la gente con la acera, podemos decir que hay dos tipos de personas. El primer tipo es el compuesto por los que van por su camino pero si tienen a alguien enfrente en la misma línea que ellos, se apartan. Cuando las dos personas que están una enfrente de la otra son demasiado educadas y además están coordinadas acaban haciendo un baile estúpido y demasiado largo de pasos hacia la izquierda y hacia la derecha en plan espejo del de enfrente.

El segundo tipo, el cual afortunadamente no abunda, va siempre en su línea, se cruce quién se cruce, pase lo que pase. Este segundo tipo es peligroso porque insiste sin compasión y aún a riesgo de romperte la clavícula pero nunca había yo reparado en él hasta hace poco que de repente fui consciente no sé cómo de que existía. Porque con las lluvias sí que abunda este tipo de gente un poco más porque ninguno queremos mojarnos y porque a nadie nos apetece que en el puto puente de Juan Bravo nos cale cualquier coche pasando veloz por un megacharco de esos de mierda que se generan con cuatro gotas de nada. Pero este grupo del que yo hablo ahora no se mueve no porque haya riesgo para su integridad física, sino porque simplemente son unos cretinos maleducados enfilados en su línea de la que no se separan aunque tengan delante a la señora más anciana de España. Después de darme cuenta de la existencia de este pequeño grupo de cucarachas humanas decidí hacer un experimento: no moverme nunca de mi línea para comprobar hasta qué punto insistirían en su objetivo de no perder un microsegundo en echarse un poco hacia la derecha o hacia la izquierda. Y tengo que llegar a una conclusión desoladora: la mayoría de los que hacen esto son hombres de más de cuarenta años. No entiendo por qué. ¿Significa esto que los hombres son más maleducados? ¿O simplemente que la regla antiguamente era que las mujeres se quitaban del camino de los hombres? ¿Una de las consignas del párroco de hace treinta años era “Señoras, muévanse cuando vean a un hombre ir por su camino recto y erecto”? Pero el más grave enfrentamiento peatonal al que he llegado ha sido con una mujer que ocupaba toda la acera de Lagasca con sus dos amigas y que decidió que no se echaba ni hacia delante ni hacia detrás porque lo que era guay era que yo me estampara contra un árbol. Como yo no quería estamparme, y menos contra un pobre arbolito, me mantuve firme en mi posición en un ladito de la acera pero a pesar de todo ella no se giró ni un poco y me dio un golpe en el hombro (la mujer era un poco fortachona) que casi me tira al suelo. Por supuesto, a pesar de mi grito de sorpresa y de dolor, ni se dio la vuelta ni me pidió perdón sino que siguió de cháchara con sus amigas.

Algo habría que hacer con estas personas. Ponerles una multa de cien euros como mínimo. Porque no es justo que la gente vaya apartándose de su camino simplemente porque son idiotas. También podríamos rebelarnos todos los demás. A partir de ahora como Chanquete, “no nos moverán”. Al final todos chocándonos contra todos.

19.6.07

La pantera rosa

Generalmente las películas de humor tonto no me suelen llamar la atención pero algunas me conquistan y me hacen reír en varias ocasiones, aunque sean malas. Me decidí a ver la nueva de “La pantera rosa” después de ver al inspector Clouseau intentar aparcar un Smart en un sitio gigante. En el primer tercio de la película sale uno de los diálogos más graciosos que he oído nunca (esto lo escribo de memoria, así que puede haber alguna errata – además, no me acuerdo del nombre del hombre del que hablan así que me lo invento):

Inspector Ponton: “Han encontrado a Ziton en los vestuarios con un disparo en la cabeza”

Inspector Clouseau: “¿Ha sido fatal?”

Inspector Ponton: “Sí.”

Inspector Clouseau: “¿Cuánto de fatal?”

Inspector Ponton: “Totalmente.”

Inspector Clouseau: “Quiero hablar con él.”

Cara de póquer del inspector Ponton pero logra responder: “Ha muerto, inspector.”

18.6.07

La vida de unos y otros


Tom y Katie, muy monos ellos, viendo como su amigo Beckham jugaba al fútbol ayer en el Estadio Santiago Bernabéu. El pobre no pudo marcar un gol en su último partido con el Real Madrid. Aunque ya se sabe que la liga es un trabajo de equipo y de fondo, el último partido era decisivo. Si hubiera marcada un gol hubiera sido mucho más bonito.

Y Tom seguro que lo hubiera celebrado levantando un puño. Katie incluso se habría puesto de pie para aplaudir.

Ahora a los Beckham la vida les lleva por otros caminos y se van a Los Ángeles a
“fare le attore” (hacer de actor) según Giorgio Armani.

Allí sus hijos podrán ser más raros, si cabe, y crecer jugando con Suri. Paris Hilton, Lindsay Lohan y Britney Spears les iniciarán en el sexo, el alcohol y en cómo gastar el dinero. Seguro que para cuando los Beckhamines entren en la adolescencia esas tres seguirán haciendo las mismas tonterías.

Bien adoctrinados por sus padres, vestirán a la última moda, en demasiadas ocasiones rayando el mal gusto. Saldrán en todas las revistas y probablemente ganen las mismas cantidades ingentes de dinero que sus padres. Algunos dicen que tanto él como ella son tontos pero algo tendrán que tener en la cabecita si logran amasar tanto, ¿no? ¿O no? ¿Simplemente han tenido una suerte que te mueres? Es difícil de creer. ¿Pero tan separable es la inteligencia general de la inteligencia para hacer dinero? Porque está claro que se puede ser premio nobel de física y no haber leído jamás un buen libro pero también se puede ser un erudito en letras y necesitar de los dedos para multiplicar 8*7. Está claro que la inteligencia es divisible y parcelable pero el concepto de inteligencia para forrarse me parece un poco triste. Siempre había pensado que hay que hacer algo bien para ganar dinero pero a lo mejor es que simplemente hay que tener inteligencia para forrarse y además saber hacer algo medianamente bien (a Vicky le vale con medio-cantar). Ahora, ¿cómo puedo saber si tengo esa inteligencia? ¿Habrá algún test por ahí en Internet? No es que me vaya a pasar nada si no tengo esa inteligencia pero no me vendría nada mal saber que sí la tengo…

14.6.07

Un mal día


La mala leche es muy mala. Nos hace tener días horribles. Porque el problema es que no sólo lo ves todo en plan negativo sino que al transmitir ese mal rollo vía karma la gente que te rodea decide tocarte las narices mucho más que cualquier otro día.

Una de las cosas que más le divierte hacer a los compis de trabajo con los que casi no tienes relación los días en los que no te aguantas a ti misma es hablarte de todas esas cosas, importantes y no importantes, de las que no hablas con ellos el resto de los días. Nos gustaría responderles: ¿Por qué precisamente tiene que ser hoy? ¿Es que no hay días en el año para darme la coña? ¿De verdad crees que esto me interesa? Pero no, somos incapaces de ser TAN maleducados. Aguantamos estoicamente las preguntas, rezamos para que después de la primera respuesta escueta con cara de “no me apetece un carajo hablar hoy con nadie” e incluso después nos sentimos culpables por haber sido tan bordes. Pero es que nosotros no les damos la coña nunca, ni cuando están de buen rollo ni cuando están de malo. Entonces, ¿por qué ellos a nosotros sí? No acabo de entender la necesidad de la gente por tener conversaciones triviales con gente que no le importa.

Otra de las cosas que pasa irremediablemente el día que estás de mal rollo es que nada funciona como debería. El ordenador se cuelga, la impresora se atasca, el teléfono se corta y el tráfico es horroroso. ¿Y por qué precisamente hoy que no podía llegar tarde? ¿Por qué no ayer, que yo era feliz y además no tenía dentista?

Por supuesto, si tienes jefe, el día que estés de mal rollo no va a parar de llamarte y pedirte todo tipo de cosas para ya. Todo esto sin tener en cuenta, por supuesto, que tienes otras miles cosas que deberías hacer urgentemente y que sus peticiones podrían ser resueltas la semana siguiente.

Es como cuando estás con el famoso síndrome premenstrual y tu novio se empeña en llevarte la contraria aunque sabe que tienes la razón. ¿Por qué no entenderán nunca que los días delicados es mejor no discutir? Si el mes tiene treinta días, ¿por qué no discutir los veinticinco días restantes en los que nuestros biorritmos son normales y no tan problemáticos? Pues no, parece que es mucho mejor y más divertido marear la perdiz que si no el amor se estanca y la monotonía se apodera de ellos. Igual que los perros huelen el miedo, los hombres huelen el síndrome prementrual.

Afortunadamente, el equilibrio cósmico te suele compensar los días malos con los buenos y el día siguiente de uno de esos días nefastos suele ser un día tranquilo en que la gente es amable, las dependientas son eficientes y sonrientes y tu jefe deja de pedirte datos que sabes que no va a usar nunca.

13.6.07

Olores


Aún a riesgo de que algún día la mujer de El Pobrecito, uno de mis compañeros de curro, pueda llegar a leer esto, no puedo hacer otra cosa sino denunciar el trato degradante y el envenenamiento que sufre éste, día tras día, sin saberlo. A eso de las dos de la tarde, de lunes a viernes en horario de invierno, de lunes a jueves en el de verano, en mi oficina empieza la gente a calentarse la comida en la cocina. El olorcito desagradable de la comida que no apetece comerse empieza a inundar el pasillo y los despachos. Cada día me hago la misma pregunta: ¿es posible que no se den cuenta de que lo que están comiendo la mayoría de ellos es un tanto, mmm, cómo decirlo, olfativamente – y por tanto deduzco que también gustativamente – desagradable? Algún día que he querido calentarme leche para el café después de las dos he renunciado después de abrir la puerta del microondas ante el irremediable olor que seguro iba a inundarla.

Todos los días laborables he de pasar por este calvario gustativo de dos a cuatro pero lo peor, lo más terrible y perverso, viene a las dos y media, hora en que El Pobrecito se calienta su comida. Todos los días, toque lo que toque (puré, guiso, fritura, pescado, carne…) su comida huele exactamente igual. Es horrible. Es uno de esos olores que poco a poco van llegando a tu nariz hasta que acaban inundándola por completo y consiguen que cualquier otra actividad quede impregnada de ese tufo tan aplastante que dan ganas de tirar la comida por la ventana. Algo debe haber en común en todas sus comidas que le da ese olorcillo, y supongo que peor sabor, tan terrible. Yo deduzco que debe ser forzosamente un veneno. Es imposible que haya alguien tan tonto en el mundo como para vender una especia que huela tan mal. Y si es veneno, ¿cómo es que El Pobrecito aún no ha acabado una tarde cualquiera en un hospital aquejado de dolores horribles? Porque lleva comiendo esa caca de vaca por lo menos seis meses. Algún efecto tendría que haber hecho ya el tóxico. Lo que menos entiendo es que él no se dé cuenta. Es imposible que no se haya percatado de que la comida que le prepara su mujer está asquerosa - porque os lo aseguro, se la prepara su mujer -. ¿A lo mejor le dará pena decirle que sus habilidades culinarias han empeorado en los últimos tiempos? ¿Acaso quiere tanto a su mujer que es incapaz de decirle la cruel verdad? Sea lo que sea, por respeto, por amor, por carencia total de papilas gustativas y sentido del olfato, El Pobrecito debería cortar esta situación de raíz. Ya no sólo por su saludo sino para salvar del vómito incontralable a los pobrecitos que comen con él.